La presión de “empezar con todo” también cansa
Enero suele presentarse como un mes de impulso, reinicio y motivación. El mensaje es claro: hay que arrancar con energía, cumplir propósitos y aprovechar el “nuevo comienzo”. Sin embargo, para muchas personas, esta expectativa se siente más como presión que como oportunidad.
Después del cierre de un año intenso —emocional, laboral o familiar— no todos parten desde el mismo lugar. Aun así, el entorno parece exigir entusiasmo inmediato, disciplina renovada y resultados rápidos. Cuando eso no ocurre, aparece la sensación de estar fallando desde el inicio.
El cansancio que surge en este momento no siempre es falta de voluntad. Muchas veces es una señal de que el cuerpo y la mente todavía están procesando lo vivido. Entender esto puede marcar la diferencia entre acompañarse y exigirse sin medida.
El mito del arranque perfecto
Existe una narrativa muy instalada: el año empieza “bien” si hay claridad, energía y metas bien definidas. Esta idea ignora algo fundamental: las personas no se reinician automáticamente con el calendario.
Venir de meses de estrés, pérdidas, cambios o simplemente desgaste acumulado impacta directamente en la forma en que se inicia el año. Pretender empezar con el mismo ritmo que se exige socialmente puede generar frustración temprana y sensación de insuficiencia.
No arrancar con todo no significa no avanzar. A veces significa hacerlo desde un lugar más realista.
Cuando la motivación se convierte en presión
La motivación suele verse como algo positivo, pero cuando se impone desde afuera puede transformarse en una fuente de tensión. Frases como “es ahora o nunca”, “si no empiezas en enero ya no cuenta” o “aprovecha el impulso” pueden generar más ansiedad que impulso real.
Muchas personas intentan forzarse a cumplir expectativas que no coinciden con su estado emocional actual. Esto provoca un desgaste adicional: además de sentirse cansadas, se sienten culpables por estarlo.
La motivación genuina no nace de la exigencia constante, sino de escuchar los propios ritmos.
El cuerpo también necesita transición
Después de periodos intensos, el cuerpo suele pedir pausa, adaptación y reorganización. Ignorar estas señales en nombre de la productividad emocional puede generar síntomas como irritabilidad, dificultad para concentrarse o agotamiento persistente.
Este cansancio no siempre se nota de inmediato. A veces aparece semanas después, cuando el esfuerzo por “arrancar bien” ya pasó factura. Reconocer la necesidad de transición no es retroceder; es prevenir un desgaste mayor.
El cuerpo no se opone al avance, solo pide que sea sostenible.
Compararse en enero pesa más
Las comparaciones suelen intensificarse al inicio del año. Redes sociales llenas de rutinas nuevas, metas cumplidas y mensajes de superación pueden reforzar la idea de que “todos van adelante”.
Compararse desde el cansancio suele ser injusto. Cada proceso personal tiene contextos, tiempos y cargas distintas que no se ven desde afuera. Medirse con estándares ajenos puede aumentar la presión interna y desconectar del propio proceso.
Avanzar no siempre es visible ni inmediato. A veces ocurre de forma silenciosa.
Permitir un inicio más humano
Empezar el año de forma más amable implica aceptar que no todo tiene que resolverse en enero. Que el ritmo puede ajustarse. Que el descanso también es parte del proceso.
Un inicio más humano no elimina los objetivos, pero los coloca en un marco más realista. Permite escuchar qué es posible ahora y qué puede esperar. Esta flexibilidad emocional reduce la ansiedad y favorece avances más consistentes.
No todo inicio tiene que ser explosivo para ser válido.
Desde la psicología, las expectativas irreales funcionan como una fuente constante de autoexigencia. Cuando no se ajustan al estado emocional real de la persona, generan frustración, ansiedad y desgaste.
En consulta, es común observar cómo enero se convierte en un mes particularmente demandante para quienes llegan cansados del año anterior. El trabajo terapéutico suele enfocarse en redefinir metas desde el autocuidado, no desde la presión externa.
Acompañar emocionalmente este inicio implica validar el cansancio, identificar límites y construir un ritmo que pueda sostenerse en el tiempo. No se trata de renunciar a avanzar, sino de hacerlo sin lastimarse en el intento.
No empezar con todo no significa empezar mal.
A veces, el inicio más sano es aquel que respeta el cansancio, ajusta expectativas y permite avanzar paso a paso. Darte permiso de no correr al mismo ritmo que otros puede ser una forma profunda de cuidado.
El año no se define por cómo arranca, sino por cómo se habita. Y eso también merece calma.
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